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Es mi culpa

Nota: el siguiente testimonio relata un intento de agresión sexual. Te invitamos a leerlo con cuidado. 

Por: Lulu

Durante un tiempo, en mi cabeza se repetía la misma frase una y otra vez: «es mi culpa», «es mi culpa», «es mi culpa». Recostada en la cama, a punto de comer, a las 6 de la tarde cuando el sol se escondía… esa frase revoloteaba en mi mente como una mariposa en cuatro paredes, sin una salida. Pero ¿cómo llegó ahí?

Mi nombre es Denissa y me cuestiono por qué la culpa y la vergüenza de ser violentada sexualmente recaen en la víctima y no en el agresor. Me cuestiono por qué las personas se ven con el derecho de emitir una opinión, crear prejuicios y expresar comentarios tan grotescos sin tener claro cómo realmente suceden las agresiones. Y todo esto surge desde el día en que fui yo la protagonista de esa culpa y vergüenza, a causa de un momento que, en un abrir y cerrar de ojos, me dejó con la mente en blanco y el cuerpo paralizado… Y esta es mi historia.

Yo me encontraba cursando 6.º. Perito en Administración de Empresas. Había sido una semana dura, con pendientes desbordando mi agenda y con el cansancio manifestándose en dos huecos oscuros debajo de mis ojos. Creo que cualquiera desearía el calor de su cama después de un día tan agotador, o al menos eso esperaba yo aquella noche de viernes; sin embargo, la vida (o quienes hayan sido) tenía otros planes. Acostumbraba a salir del colegio a las 6:30 de la tarde para estar en mi pueblo a las 7:14, caminar y llegar a casa a las 7:40, y justo esa noche tardé un poco más de lo normal. Estaba llegando a mi pueblo a las 7:30, pero, aun con el cansancio y sabiendo que era más noche, tomé la decisión de caminar. Iba con mi uniforme de práctica: pantalones de tela holgados, camisa blanca de manga larga, chaleco, tacones y un saco que, por el calor, acostumbraba a llevar por encima del brazo.

Sé que las noches suelen ser silenciosas, pero esa noche en especial estaba más silenciosa de lo normal. Lo único que se escuchaba era la punta de mi tacón tocar el suelo una y otra vez, hasta que a lo lejos se escuchó un sonido de moto, al cual no le presté mayor importancia hasta que vi que en ella estaban montados dos hombres. La moto estaba a 3 cuadras de mí, con las luces apagadas, pero ellos, al percatarse de mi presencia, poco a poco se fueron acercando a mí. Supuse que pasarían de largo, pero cuando faltaba una cuadra para que ellos llegaran a donde estaba yo, de un momento a otro aumentaron la velocidad y encendieron sus luces altas para que yo no pudiera distinguir sus rostros. Con gran velocidad se acercaron a mí; los dos extendieron la mano para rozar mis senos y uno de ellos intentó arrancarme la ropa, estando aún en la moto, pero, al percatarse de que no podía, ambos huyeron del lugar.

Me quedé parada, sin saber qué hacer, sin saber qué decir, con el corazón latiendo a mil por hora y, de un momento a otro, las lágrimas brotaron de mis ojos. El resto del camino lloré hasta llegar a los brazos de mi mamá, que, con ojos de preocupación, me sostenía y abrazaba mientras me preguntaba qué había pasado. Yo, desde un sentimiento que hasta hoy en día no puedo describir, le conté todo lo que había ocurrido. Esa noche fue eterna. Entre lágrimas me preguntaba qué había hecho yo para causar eso. ¿Mi ropa estaba muy ajustada? ¿Mostraba más de lo que debería? ¿Los provoqué de alguna forma? Mi cuerpo se sentía sucio, mi mente bloqueada y con una presión en el pecho, como si mi corazón estuviese siendo aplastado por mil piedras, y, con todo eso, la vergüenza de contar lo sucedido permanecía. La culpa iba haciéndose cada vez más grande.

Ese caos permaneció meses, hasta que un día decidí que no quería más y que lo peor fue cargar con una culpa que nunca me perteneció. Entonces decidí que mi mente y mi corazón necesitaban esa paz para poder avanzar y desechar la vergüenza que me había atormentado por mucho tiempo. Puede que para algunas personas se vea como una exageración; sin embargo, las noches de desvelo por el dolor y la ansiedad no son exageraciones, son sentimientos válidos y reales que una mujer que ha atravesado esas situaciones siente.

Esta no es mi única historia, pero sí la única que siento preparada para contar, y el acto de amor más grande que he hecho después de ese horrible momento ha sido cuestionar a las personas que señalan a la víctima, a las personas que opinan sin saber, y decir: «Sí, sí te creo y no, no estás exagerando».

Porque nadie merece vivir con una voz en la cabeza que repita, una y otra vez: «es mi culpa», cuando nunca lo fue.

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