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En busca de las amistades perdidas

Sobre lo que se pierde cuando la vida adulta nos alcanza

Me condené a la nostalgia cuando decidí trabajar en la misma institución en la que estudié. Los años han pasado y me he acostumbrado a ser una de las adultas aquí. De las adultas que dejan tareas, que dan regaños, que tratan de enseñar lecciones de vida y no solo currículos. Funciono en automático hasta que de pronto me sorprendo al ver los rostros de los estudiantes. ¿De verdad fuimos alguna vez así de jóvenes? Por supuesto que sí, pero como ellos, no lo sabíamos.

Los pasillos en los que hoy me dicen Licenciada me conocieron antes como una muchacha que no sabía nada y que rumiaba en las esquinas, acompañada de otras chicas como yo. Nos recuerdo como una sola masa sincronizada que se desplazaba de la cafetería al salón de clases. Amé demasiado a esas jóvenes que también se sentían perdidas y solas, hasta que una mañana de enero se encontraron.

Estos muros que hoy llamo oficina fueron el escenario de largas conversaciones que, poco a poco, me convirtieron en adulta. A pesar de los años, sus voces hacen eco en pláticas distintas con personas nuevas. Odio admitirlo, pero por un tiempo estas conversaciones después de clase fueron el mejor momento de mi día. Tal vez fue la soledad que me atravesó tantas veces en la adolescencia la que hizo que estos vínculos fueran tan sagrados. Eso y la juventud.

Extraño tanto lo que creía que éramos: eternas. Juntas fuimos a citas, las diseccionamos, votamos por el mejor prospecto de pareja, sentenciamos a muchachos como insoportables y ranqueamos profesores según su coquetería. Según el psicólogo Jeffrey Hall, se necesitan más de 200 horas compartidas para que alguien se convierta en una amistad cercana y esas horas tienen que ser voluntarias, no obligatorias (Hall, 2018). Los salones de clase permiten acumular esas horas sin sentirlo y juro que nosotras no nos dimos cuenta.

Así tomamos muchas decisiones inconscientes sobre quiénes somos como personas. Alguna vez leí un artículo sobre cómo, para muchos, la universidad es el último espacio donde logran tener una comunidad y no es difícil creerlo: el 51% de los adultos reporta que hacer amigos se vuelve difícil después de graduarse (Pennington et al., 2024). Y, antes que cualquier otro adjetivo, eso fuimos: lo único que quedaba cuando las instituciones (la iglesia, la familia y, por supuesto, nuestra alma máter) nos fallaban.

Trato de ser muy consciente de que nombro esto desde la nostalgia, pues hay una tremenda capa de idealización en esta historia sobre las chicas que se prometieron ser damas de honor unas de otras en sus bodas, pero que probablemente solo vean estos eventos por medio de publicaciones en Instagram. Me duele el irremediable paso del tiempo porque siempre he sido mala para aceptar el orden natural de las cosas. Alguien más realista siempre supo que algunas amistades se disuelven después de la graduación. No hay ningún reproche en que el grupo de WhatsApp siempre activo se haya convertido en un chat archivado del que nadie se atreve a salir, aunque el último mensaje enviado fue en 2019. Casi seis de cada diez adultos reportan haber perdido el contacto con amistades con las que alguna vez fueron cercanas (Cox, 2021). Es lo que pasa, no somos una tragedia particular.

Con más frecuencia de la que quisiera, me encuentro repitiendo que «tenemos que ponernos al día e ir por un café». Pretendemos, en tres horas, resumir y condensar meses y eso tendrá que ser suficiente. A lo mejor lo que me duele no es la distancia que tengo ahora con algunas de las que durante toda la licenciatura fueron mis mejores amigas, sino sus implicaciones. He tenido que aceptar que con algunas de ellas fuimos coincidencias, no destinos. No las culpo porque son lo que se espera de ellas: adultas con trabajos importantes y horarios ajetreados, madres maravillosas con niños preciosos que heredaron sus ojos, esposas que se veían radiantes en su día de bodas. Son las mujeres a las que admirábamos.

Aunque sea de lejos, y por decisión plena de un algoritmo, siempre me alegraré de verlas triunfar. Recuerdo demasiado bien sus sueños, esos que nos confesamos en susurros una noche de desvelo. Estoy orgullosa de las chicas que fuimos, porque nos recuerdo en nuestro primer día de universidad. Perdón, porque sé que más de alguna vez me enojé por la forma en que decidieron resolver un proyecto grupal o me frustré porque no subieron una tarea a tiempo. Pero, sobre todo, gracias.

No creo que lo sepan, porque este no es el tipo de cosas que se dicen casualmente, pero sé que no sería quien soy sin ustedes. Nada nos va a traer de regreso a vernos todas las semanas en el mismo salón para quejarnos de todo lo que es ser jóvenes juntas. Pero por ahora las veo en mis estudiantes que, en cuanto dejo un trabajo en grupo, se buscan con la mirada; en las chicas que tienen un grupo de WhatsApp dedicado a sobrevivir a la U y en la forma en que sigo caminando por estos pasillos y tengo, por un segundo, la impresión de que al cruzar las veré aquí.

 

Referencias

Cox, D. A. (2021, mayo). The state of American friendship: Change, challenges, and loss. Survey Center on American Life. https://www.americansurveycenter.org/research/the-state-of-american-friendship-change-challenges-and-loss/

Hall, J. A. (2018). How many hours does it take to make a friend? Journal of Social and Personal Relationships, 36(4), 1278-1296. https://doi.org/10.1177/0265407518761225

Pennington, N., Hall, J. A., y Holmstrom, A. J. (2024). The American Friendship Project: A report on the status and health of friendship in America. PLOS ONE, 19(7), e0305834. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0305834

 

Una respuesta para “En busca de las amistades perdidas”

  • Steven

    Esas conversaciones y horas en la U nos van a acompañar toda la vida. Lujo leerte y compartir un poco de esta nostalgia.

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