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No todo lo que me duele es violencia

Cómo distinguir entre agresión, violencia y conflicto en los tiempos de inflación del daño.

En los últimos años, el lenguaje de la violencia ha entrado con fuerza en nuestras conversaciones cotidianas. En redes sociales, en terapia, en espacios activistas y en debates públicos usamos palabras como violencia, abuso o agresión para nombrar experiencias que nos han marcado y violador, narcisista, groomer para nombrar a las personas que hacen daño .
Pero nombrar algo como violencia no es solo describir un sentimiento. Es hacer una afirmación política, ética, psicológica y, muchas veces, jurídica.

No todo lo que duele es violencia. No todas las personas que hacen daño son violentadores. Pero muchas violencias se normalizan porque aprendimos a no nombrarlas. Entender la diferencia entre agresión, violencia y conflicto es importante para no trivializar el concepto de violencia —pero también para reconocer cuándo realmente ocurre.

¿Qué es violencia?

Una de las definiciones más utilizadas proviene de la Organización Mundial de la Salud, que describe la violencia como el uso deliberado de la fuerza física o el poder contra otra persona o grupo que cause daño físico, psicológico o privaciones.
En el campo del feminismo y de los derechos humanos, esta definición se amplía para incluir dimensiones estructurales y simbólicas.


La violencia y la agresión no son lo mismo
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Agresión: conducta dirigida a causar daño físico o psicológico, muchas veces vinculada a una reacción emocional ( como ira, celos y enojo)
Violencia (y abuso): uso intencional de fuerza o poder que busca dominar o controlar a otra persona.
La diferencia no siempre está en el acto, sino en el contexto, la intención y la estructura de poder.

¿Qué convierte a alguien en “agresor”?

Hoy es común escuchar frases como “mi agresor” para referirse a alguien que nos ha hecho daño. Pero no toda persona que hiere a otra se convierte automáticamente en un agresor. En general, hablamos de agresión cuando existe una conducta destinada a causar daño y que se repite o forma parte de un patrón de control o dominación.

Las personas también pueden equivocarse, reaccionar mal en un conflicto o hacer algo irresponsable que lastima a otros. Hacer una “cagada” puede ser grave y requerir reparación, pero no necesariamente constituye una dinámica de agresión o violencia. La diferencia suele estar en la intención, la repetición y el patrón de comportamiento.

Nombrar estas diferencias no minimiza el dolor de nadie. Permite entender mejor cuándo estamos frente a un conflicto humano y cuándo frente a una dinámica real de violencia.

Las violencias más comunes

• Violencia física: golpes, empujones o agresiones corporales.
• Violencia psicológica: manipulación, humillaciones o gaslighting.
• Violencia sexual: actos sexuales sin consentimiento.
• Violencia económica: control del dinero o impedir trabajar.
• Violencia simbólica: normas culturales que legitiman la dominación.

Dentro de las dinámicas contemporáneas de relaciones también se habla cada vez más de violencias relacionales. Entre ellas se mencionan prácticas como el acoso, el love bombing (mostrar afecto o atención excesiva al inicio de una relación para generar dependencia emocional), el ghosting (desaparecer abruptamente sin explicación) o conductas de vigilancia y control como revisar el celular o exigir acceso a redes sociales. Estas prácticas pueden ser emocionalmente dañinas y generar confusión o inseguridad; sin embargo, su significado depende muchas veces del contexto, la intención y la repetición. Cuando se vuelven estrategias sistemáticas para manipular, controlar o desestabilizar a otra persona, pueden formar parte de dinámicas de violencia psicológica o control coercitivo.

El papel de los patrones

Muchos comportamientos dañinos no se vuelven violencia por un episodio aislado, sino por su carácter sistemático.
Por ejemplo, una infidelidad puede ser una traición dolorosa. Pero cuando el engaño se vuelve repetitivo, manipulado y sostenido con mentiras o control, puede formar parte de una dinámica de violencia psicológica.
El conflicto no es violencia (así es, léelo de nuevo)
Todas las relaciones humanas tienen conflicto. Discutir o herir con palabras en un momento de tensión no necesariamente constituye violencia.
La violencia aparece cuando existen elementos como dominación, control sistemático, desigualdad de poder y repetición.

Nombrar sin exagerar, reconocer sin negar

Nombrar la violencia ha sido una tarea histórica del feminismo. Pero distinguir entre conflicto, agresión y violencia también es necesario para comprender cómo funcionan realmente las relaciones de poder para poder enfrentarlas con mayor claridad.

Como recuerda Judith Butler, el lenguaje no solo describe la realidad: también la produce. Nombrar es un acto de poder. Por eso, afinar nuestras palabras importa tanto como reconocer el daño. A veces las personas actúan desde la torpeza, la falta de herramientas o la inmadurez emocional, y eso puede herir profundamente sin constituir necesariamente una dinámica de violencia. Otras veces, en cambio, lo que está en juego es un patrón: repetición, control, daño ejercido de forma sistemática —con una o varias personas— que sí configura una relación violenta. Distinguir entre estos escenarios no busca minimizar lo que duele, sino comprender mejor qué está pasando para poder actuar con mayor claridad. Porque sobredimensionar también tiene efectos: nombrar como violencia lo que no lo es puede diluir la gravedad de las violencias reales, así como no nombrarlas las perpetúa. Entre el silencio y la exageración, hay un ejercicio más complejo: observar, contextualizar y nombrar con responsabilidad.

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